LOS HERMANOS: un lugar para compartir.

por Alberto S. Arenales.   16/ 09/ 2009

La relación fraternal comparte una misma generación y una misma posición en nuestro árbol genealógico.  La hermandad nos otorga en el seno de la familia  un lugar propio, nuestro sitio, un espacio concreto en el que establecer nuestra relación con el territorio. Seamos únicos, primeros, segundos, terceros o séptimos el lugar que nos es concedido será significativo a la hora de aprender a ocupar, compartir y gestionar un territorio alrededor nuestro. Y eso no solo es válido en relación con los demás, si no también con el lugar que me concedo yo a mi mismo; es decir la facultad para establecer un mayor o menor contacto con mis  propias necesidades y mi propio cuerpo.

Es en el entorno de la hermandad que se establece un primer campo de juego donde colaborar, estrechar lazos de amistad, cooperación, solidaridad y ayuda. La riqueza que surja de esta colaboración entre hermanos tiene como finalidad favorecer la concordia y la armonía con el resto del mundo más adelante. Entre hermanos se encuentra pues la primera ocasión para formar equipo, ubicarse en un núcleo social y por analogía también nuestro lugar en la sociedad.

Es entre hermanos que se reparte la herencia de nuestro árbol genealógico en el sentido más amplio del termino: biológico, amoroso y financiero. A veces la preferencia  por un hijo determinado, por el lugar que ocupa en el corazón de la familia o por los "privilegios" que se le conceden a un hijo por ser único, segundo, quinto o por pertenecer a uno u otro sexo genera muchas dificultades y conflictos personales que suelen ser el reflejo de cargas y asuntos pendientes de generaciones anteriores. Según los casos  los hijos se ocuparán en mayor o menor medida de este patrimonio. Cada familia es distinta y cada persona merece ser contemplada de forma exclusiva y particular ya que en una misma fratría cada hermano tendrá una relación única con su árbol genealógico y completamente diferente de la de sus hermanos.
Pertenecer a nuestro árbol genealógico.

Toda persona tiene el derecho de sentirse pertenecer, de saber que forma parte de los suyos, de verse en su interior apoyado y acompañado en todo momento por la fuerza de la vida. Nosotros fuimos acogidos por la vida gracias a nuestros padres. Ellos la recibieron a través de sus propios padres. Estos de los suyos y así de generación en generación vemos como nuestro árbol genealógico es cada vez más y más grande. Está conformado por multitud de parejas que a la vez fueron creadas por parejas anteriores estableciendo una red que se pierde en la memoria de los tiempos. Llegando hasta una frontera invisible donde sus raíces se expanden hasta el infinito abarcando a toda la humanidad. Y cuando nos sentimos ligados a esta gran familia que se ensancha sin limites atrás en el tiempo,  comprendemos por fin ese mensaje común en todas las grandes tradiciones diciendo que todos los seres humanos somos hermanos.

Así, al sentirnos pertenecer a nuestro árbol genealógico, nos damos cuenta que pertenecemos al mundo. La familia debería  transmitir que el  mundo no es un lugar hostil al cual hay que temer. Tendría que proveer la suficiente confianza en uno mismo para realizarse dentro de él. Es en el  seno de nuestra familia donde aprendemos a confiar en los demás, porque aprender a confiar en los demás es aprender a confiar en uno mismo. En nuestro árbol genealógico compartimos un mismo territorio común con todos nuestro parientes. Este territorio desde que nos acoge nos concede un espacio de protección y de seguridad donde poder más tarde confiar y sentirse seguros fuera de él. Aprender a compartir y a resolverse eficazmente en el mundo. Pertenecer es sentirse vinculado a un lugar, a un territorio, disponer de un espacio seguro donde descansar sintiéndose protegido.

Si hemos nacido en el seno de una familia que ha sabido incluir a todos sus miembros y compartir entre ellos tanto los éxitos como los fracasos, las alegrías y las penas sentimos la fuerza de un gran equipo capaz de apoyarse en los momentos difíciles y celebrar en los momentos  de gozo. Cuando nos sentimos pertenecer a todo nuestro árbol genealógico, el mundo se nos presenta como un lugar amable en el que podemos estar ya que se nos ha enseñado a convivir antes en armonía en nuestro pequeño mundo familiar.  Sin embargo si se me ha transmitido que mi árbol genealógico es un territorio del cual desconfiar, donde hay ramas peligrosas o podridas donde es mejor no subirse entonces empezaré a desconfiar de los demás y a tenerles miedo. Crearé fronteras a mi alrededor para protegerme de un territorio que temo que me destruya y acabaré sospechando del mundo que me rodea volviéndome desconfiado, uraño y más bien solitario.

El árbol genealógico nos concede un territorio determinado dentro de su estructura.
Desde que llegamos al mundo el lugar en la fratría condiciona nuestra relación con el territorio genealógico ya que muchas veces los padres establecen inconcientemente roles específicos para cada hijo. Nuestra situación respecto a nuestros padres es distinta si somos primogénitos, segundos, terceros, séptimos o únicos ya que el orden de nacimiento reparte y organiza espacios, despierta preferencias e inclinaciones adjudicando funciones distintas e historias particulares para cada hijo. El lugar que ocupamos respecto a nuestros hermanos es determinante para nuestra capacidad de establecer y compartir el propio territorio con los demás. Muchas veces la relación fraternal que se establece va a ir transmitiéndose de generación en generación. Al tener una persona hijos, vera reflejada en ellos su propia relación fraterna y de forma inconciente se inclinará a tener pactos secretos y lazos invisibles con los hijos que ocupen su mismo lugar filial.

Por ejemplo: Pedro siendo el segundo y último hermano ha mantenido una relación conflictiva y tensa en relación con su hermano mayor. Sintiendo que este ha sido preferido por sus padres, él se ha visto desatendido y desvalorizado, sintiendo haber tenido que ceder la prioridad de su espacio vital tanto físico como afectivo a su hermano mayor. Al correr el tiempo, una vez Pedro ya es adulto, revive la relación conflictiva que mantuvo con su hermano después de nacer su primer hijo. Sin saberlo su conflicto fraterno se reactualiza identificándo inconcientemente a su hijo con su hermano. Pedro se encuentra ahora con que siente celos de su hijo y  sin saberlo se  pone a competir con él. Cree que su hijo recibe una atención desmesurada que lo deja al margen (siente que su hijo le usurpa el territorio). Pedro, sin darse cuenta, asume con su hijo una actitud parecida a la que tuvo con su hermano ya que su hijo al ser el primogénito pertenece al mismo lugar en la fratria que su hermano. Pedro de forma inconciente pierde de vista su papel de padre y pasa a situarse frente a su hijo en un lugar que no le corresponde. Es decir, de algún modo es como si confundiese a su hijo con su hermano.

Más adelante en el tiempo, Pedro y su esposa tienen su segundo hijo. En ese momento Pedro se identifica inmediatamente con él. Su segundo hijo al pertenecer al segundo lugar en la fratría como él, despiertan  en el padre un fuerte vínculo y afinidad que lo convierten en su preferido. Como resultado de este movimiento el padre pasa a percibir a su primer hijo como un peligro para el segundo, posicionándose a favor y en defensa de este. Al aliarse con él inconcientemente no hace diferencia entre él y su hijo. Él es su hijo y a través suyo cree revertir y equilibrar la situación injusta que vivió en la infancia. Sebastián, el hijo preferido de Pedro. acude ahora al terapeuta al sentir un extraño rechazo hacia su primer hijo que acaba de nacer y es entonces cuando detectamos el efecto de una dificultad que se remonta tres generaciones atrás.

Las posiciones filiales pueden considerarse roles que se pueden heredar y que de una generación a otra ocupan dentro de las familias un cierto propósito que cumplir. Generalmente este propósito tiene como finalidad resolver alguna dificultad o conflicto que ya estaba latente en la generación anterior y poder restaurar el equilibrio. Hay que prestar atención a cuales son los roles que van tomando el relevo de generación en generación en el árbol genealógico, repitiéndose algunos para perpetuar cierta estabilidad y bienestar y cuales para intentar reparar y dar solución a conflictos irresueltos.

Si seguimos tomando como ejemplo el caso anterior nos encontramos que Pedro se vio envuelto en  un conflicto con su hermano mayor que hizo que su relación se mantuviese distante y tensa. Más adelante cuando Pedro tiene hijos, todo su pasado afectivo fraterno se reactualiza. Sin darse cuenta inconcientemente se alía con su segundo hijo, segundo en la fratría como él, ocupándosede que este reciba el lugar y los cuidados que él sintió no haber recibido en su infancia. Pedro revierte su situación fraterna a través de sus hijos, percibiendo al primero como un peligro para el segundo y procurando para este más atención y cuidados. Sin percatarse, está aportando una solución a su propio conflicto a través de sus hijos. Inconcientemente se pone a reparar su pasado pero sin darse cuenta que lo que hace está fuera de lugar y que además  genera en sus hijos un estado de rivalidad parecido al que él sufrió. Creyendo poner remedio a  su pasado, en vez de solucionarlo crea un conflicto parecido en la generación de sus hijos. Es ahora su primer hijo quien se siente injustamente desplazado y desatendido frente a un hermano menor idealizado y sobreprotegido por su padre.

Si profundizamos aún más en este caso nos damos cuenta que en el fondo Pedro, siendo el hijo menor, se cree desatendido y descuidado por sus padres en beneficio de su hermano. Los celos son pues justificados y esto es algo muy corriente en una etapa precisa de la infancia que más tarde acostumbra a superarse con el tiempo. Sin embargo hay padres que por diversas circunstancias, alimentan en demasía la preferencia hacia uno de sus hijos y la situación de litigio y lucha entre hermanos se instaura perpetuamente, incluso a veces sin la necesidad de hacer mucho ruido.

Inconcientemente los padres delimitan un territorio para cada hijo. Para establecer el espacio se basarán, de forma inconciente, en distintos criterios como por ejemplo el orden en el nacimiento, el sexo de cada hijo o su salud. Distribuirán el territorio de sus hijos de tal manera que no todos dispondrán del mismo espacio. Se establecen fronteras explícitas o no, que aparentemente benefician a unos y  perjudican a otros. No hay ninguna posición más o menos favorable y cualquier lugar que se ocupe en la fratría tiene ventajas e inconvenientes condicionando de algún modo su percepción vital y territorialLas experiencias que ha vivido una persona en relación con sus hermanos marca profundamente su personalidad y su relación con el territorio tanto físico como afectivo. La forma en que haya tenido que compartir su infancia con sus hermanos va a establecer su modo de relacionarse con los demás en el futuro, determinando muy posiblemente también la relación con sus hijos. Examinar la propia experiencia vivida entorno nuestra relación con la fratría ayuda a poder comprendernos mejor y a cambiar formas de relacionarnos con nosotros mismos y los demás que muchas veces no son más que el reflejo de experiencia vividas de un pasado que no logramos integrar.

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