El árbol genealógico, cartografía de nuestra familia interior.

por Alberto S. Arenales       3/1/2010

La Psicogenealogía es un arte que se sirve del árbol genealógico como si de un mapa del tesoro se tratara. Gracias a este mapa podemos guiarnos en este terapéutico viaje que nos ayuda a encontrar solución a muchas de las dificultades personales que se originan en el seno de nuestro entorno familiar. Para resolverlas, como si fuésemos el héroe de uno de esos relatos de aventuras en busca del tesoro perdido, tendremos que mantener un rumbo, seguir pistas, resolver determinados enigmas y descifrar algunos secretos para acceder hasta el gran tesoro que nos aguarda al final del viaje.

Nuestro mapa del tesoro es el árbol genealógico y al igual que todos los mapas indican el territorio pero no son el territorio. De la misma manera que sucede en las novelas de aventuras, el mapa (nuestro árbol genealógico) es antiguo y el territorio ha ido cambiando con el pasar del tiempo. Ciertas partes del mapa estarán borrosas o desdibujadas, otras quizás quedarán confusas o incluso puede que nos falte algún pedazo del pergamino y será nuestra labor completarlo y reconstruirlo. Si el árbol genealógico ilustra el camino recorrido por  nuestra familia, sin embargo no es nuestra familia. Nuestra familia es un organismo vivo. Respira, siente, crece y se transforma continuamente, esta en perpetuo movimiento. El árbol genealógico no puede ser solamente interpretado hay que vivirlo. Dejárselo sentir, notarlo, percibirlo más allá de una dimensión ajena a nosotros mismos. Hay que ser prudente en su uso y no incurrir en el error de pensar que el mapa es el camino mismo. La realidad que muestra es siempre otra que la que se abre en cada momento ante nuestros ojos. Nuestro mapa, nuestro árbol genealógico nos ayuda a establecer ciertas coordenadas en el camino, puntos de referencia, guía y orientación. Pero confundirlo con el terreno que pisan nuestros pies, confundirlo con la danza siempre en movimiento de nuestra familia, tomar por cierto y a pies juntillas su leyenda haría naufragar sin duda nuestra empresa.

Tomaremos el historial del árbol genealógico sólo como punto de referencia, una guía, un mapa al que mirar de vez en cuando para situarnos, apuntar datos en él y contrastarlos en la travesía. Actuando como el viajero que sentado en la popa del navío mantiene sus ojos atentos al mar y solo de tanto en tanto levanta la cabeza al cielo; comprueba que la estrella polar sigue marcándole el rumbo en el camino para volver su alerta mirada al oceano que con su nave surca. Del mismo modo guardaremos a menudo y a buen recaudo nuestra genealogía y miraremos de frente lo que nos brinda en realidad nuestro paisaje personal y familiar en cada momento. No vaya a ser que, sedientos, nos pongamos a cavar un pozo en busca de agua cuando tenemos el botijo al lado. No seria la primera vez que me encuentro con alguien que atraído por la curiosidad, empujado por su hipocondría o deseoso de no tener que responsabilizarse de lo suyo, decide escarbar en el pasado en busca de supuestos males de los cuales él es el único responsable.

Es necesario saber distinguir entre dificultades o limitaciones propias de nuestra personalidad de aquellas que hunden sus raíces en el árbol genealógico. Por lo tanto si se desea iniciar un trabajo terapéutico en este sentido es muy importante acercarse a un navegante experimentado, ya que ante el auge actual del llamado crecimiento personal, hay cada vez un mayor número de personas que afirman estar supuestamente preparadas. Entonces, estos ante cualquier demanda o dificultad personal argumentan o persuaden, desde un principio, a sus consultantes que es en su árbol genealógico donde se esconde el problema. Este proceder es precipitado y a veces equivoco ya que presupone de antemano que el conflicto personal hunde exclusivamente sus causas en el árbol genealógico. Así de convencidos muchos inician entonces una búsqueda exhaustiva por toda la genealogía hasta persuadirse de que ciertos indicios o coincidencias encajan en sus hipótesis. Parten, pues de una suposición que fundamentan en algunos datos del árbol genealógico.

En cierta ocasión llegó a mi consulta una mujer que se quejaba de que le era muy difícil encontrar pareja. Antes de que pudiese hacerle pregunta alguna, desenfundo delante de mi su árbol genealógico y mientras me lo mostraba señalando con el índice algún dato que allí aparecía, pasó a informarme que le habían asegurado que la causa de su infortunio con los hombres residía en lo desdichada que había sido su abuela. Cuando, sin prestar mucha atención al árbol genealógico que me mostraba con tanta insistencia, le pregunté qué hacia ella para encontrar pareja, fue que entonces que por primera vez, levanto sus ojos  para mirarme. Se hizo un largo silencio y me contestó aturdida: - Nada. Más bien me escondo -. Centrarme en ayudar a esa persona a superar y enfrentar su miedo a ser rechazada fue esencial para que fluyesen sus relaciones de pareja. Si hubiese atendido a la historia de su abuela tal como a ella se la habían planteado seguiría seguramente igual y sin pareja. Tuve la oportunidad de comprobar más tarde que no existía ninguna conexión de esta naturaleza entre nieta y abuela y que la razón de su desdicha arraigaba más bien en otras cuestiones que salieron a la luz a lo largo de la consulta.

Hay que saber que procederá ingenua y equívocamente aquel que pretenda vislumbrar las luces y sombras del árbol genealógico basándose sólo por analogía. Para alguien así, por ejemplo, llevar el mismo nombre de un antepasado, compartir fecha de nacimiento, semejanza o diferencia de caracteres será prueba suficiente para afirmar que allí hay conexión y motivo suficiente para concluir que es allí donde reside la fuente de nuestros pesares. Recurriendo a formulas tan aventuradas nos presenta verdades tan poco útiles como la que asegura que los caballos y las almejas se parecen en que no se suben a los árboles.

Un trabajo terapéutico con el árbol genealógico es mucho más complejo que un juego de espejos o el pasatiempo de las siete diferencias. Tampoco es una lectura o análisis de su estructura. Entran en juego muchos otros aspectos relativos a la persona, sus propias vivencias, la manera que tiene de afrontarlas, su entorno… Es fácil terminar perdido por caminos estériles si quien nos asiste en nuestro propio proceso personal no esta lo suficientemente sensibilizado y atento a las sutiles circunstancias  que nos acompañan.


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